Clara llegó al cine con el paraguas inservible, doblado por el viento en la esquina. Era martes, pasadas las seis, y la lluvia llevaba toda la tarde cayendo sin apuro, como quien sabe que tiene el día entero. Empujó la puerta de vidrio y la lluvia desapareció, de golpe, igual que si hubiera cerrado un libro.
En el hall había un pequeño charco bajo el paragüero y un olor a abrigos mojados mezclado con el de la antigua sala. Cristian, el administrador, le dijo desde el mesón:
—Pensé que con este tiempo llegaría poca gente, pero al final siempre vienen.
Clara sacudió el paraguas, trató de repararlo, se secó la cara con la manga y sintió lo que sienten los que llegan a un refugio. No era alivio exactamente, era algo más lento, como si el cuerpo entendiera antes que ella que ya no tenía que seguir corriendo. Había salido temprano del trabajo sin decirle a nadie adónde iba.
Vagó por el centro de Santiago un par de horas. En cualquier otro día habría sentido culpa. Pero la lluvia transforma el tiempo: lo estira, lo afloja y le da permiso a todo el mundo de postergar lo que es urgente. Nadie le reclama nada a quien se refugia de un aguacero.
El hall se iba llenando de gente que parecía haber recibido el mismo permiso. Llegaban empapados y felices. Clara veía esa expresión en sus rostros apenas pisaban las baldosas rojas, como si algo en ese suelo los estuviera esperando.
—En mi casa estaría junto a la estufa pero revisé la cartelera y esta no la vuelven a dar en toda la semana— comentaba una mujer que esperaba sentada tras la mampara.
—Venimos a pasar la lluvia— decían otros, y la frase iba de boca en boca.
Clara se sentó en la primera butaca hacia la izquierda, en la entrada de la sala. En días así uno se refugia en las emociones, pensó, y no conocía mejor manera de atravesarlas que sentarse a oscuras, frente a una pantalla.
Antes de que empezara la película, intentó contar cabezas. Una pareja joven que compartía una bufanda. Un estudiante con apuntes subrayados sobre las rodillas. Una mujer mayor que había dejado el abrigo sobre el asiento de al lado, como si guardara el puesto para alguien que no iba a llegar.
Pero las butacas seguían llenándose, y perdió la cuenta. No se conocían. Nunca se iban a hablar. Y sin embargo, cuando la oscuridad se hizo completa, Clara sintió que formaban una comunidad provisoria, de esas que solo existen mientras dura una función.
Eran desconocidos que habían decidido, cada uno por su cuenta, compartir el mismo silencio.
—No es lo mismo verla en la casa —susurró alguien.
Ahí no se podía pausar, pensó Clara. Había que quedarse, entera, junto a los otros.
—Aquí no entra cualquiera con este clima —le había dicho Cristian, en broma, y a mitad de la película Clara entendió que tenía razón, mirando de reojo las siluetas. En el hall había oído a una pareja reírse de su propio cálculo: con ese temporal, habían pensado, el cine iba a estar casi vacío y solo irían los de verdad. Se habían equivocado a medias. Los de verdad eran muchos.
La lluvia filtraba. A un cine de estreno masivo se va por costumbre o por falta de otro plan. Pero a esta sala se llega mojado y a propósito. Quien estaba ahí de seguro había contemplado los 94 minutos con calcetines húmedos y eso hacía que el público fuera más entregado. Nadie miraba el celular. Nadie hablaba. Quienes están dispuestos a mojarse por una película suelen respetar lo que ocurre en ella.
Cuando empezó la película, Clara sintió algo antes de pensarlo. Era el olor a lana mojada de los abrigos, mezclado con el de las butacas. De pronto estuvo otra vez en una tarde de su infancia, de la mano de su padre, entrando a un cine parecido a este para escapar de otro aguacero.
Recordó la butaca de felpa, el abrigo de lana que picaba, la linterna del acomodador. Recordó que su padre había llorado en una escena y que ella, a los nueve años, había fingido no darse cuenta.
No era la única que recordaba. En el hall, una pareja había contado que hacía veintisiete años vivían en la casa de al lado, y que habían visto Trainspotting en esa misma sala, antes de que naciera su hijo. Ahora llevaban veintiocho años juntos, y el lugar estaba igual a como lo dejaron. Tres amigos, en cambio, habían ido porque Trainspotting era la favorita de uno de ellos, y porque hay películas que por la edad o por la plata no habían alcanzado a ver en pantalla grande.
Se quedó quieta, para no espantar el recuerdo.
La película no tenía nada de lluvia. Ella la había visto hace veinte años. La sala entera se la tragó. Hubo risas, silencios y alguna reacción de asombro. Nadie volvió a pensar en el temporal. Si afuera llovía, no lo recordaban.
Acomodó la espalda en el respaldo y se dejó llevar. Cuando la pantalla se apagó, tardó un instante en acordarse de dónde estaba.
Volvieron las luces y nadie tenía apuro. Salieron al hall y ahí se enteraron que durante la función la lluvia había aumentado. Ya era de noche y el agua caía con tanta fuerza que los atrapó bajo el techo de la entrada. Llegaron más de doscientas personas a la función, el doble de lo que Cristian con suerte esperaba. Parecía una gran reunión de amigos. Conversaban en pequeños grupos casi imperceptibles. Casi, porque daba la impresión de que todos se conocían; quién hubiera pasado frente al Normandie en ese momento tal vez habría pensado lo mismo. Hablaban de la película, o de nada.
Alguien dijo que había que cuidar un lugar así, donde todavía dan películas clásicas o de culto, que no proyectan en ninguna otra parte.
Algunos no resistieron y bajaron a la vereda para entregarse a la lluvia, porque también hay placer en mojarse.
La tarde gris y lenta que había recibido a los primeros espectadores se había vuelto una noche vibrante, con las luces de los autos y de los semáforos rebotando en la acera inundada.
Cristian la esperaba junto a la puerta.
—¿Hace cuánto había visto la película? —le preguntó.
—Hace veinte años. —¿Era la misma película?
—No —dijo Clara.
—Nunca es la misma película —respondió él
—. ¿Cuándo vuelve?
—El jueves —dijo ella— porque volverá a llover.



